Ruido

Posted In: . By M.Ig. Miranda

RUIDO

El tren marcha con ritmo lento y monótono por la estepa manchega. La tarde acaba de nacer, y el sol calienta el destartalado vagón de segunda, ya casi convertido en una sauna. El único pasajero del compartimento dormita a pesar del traqueteo del vagón y de la estridente armonía de la marcha del tren.

El viajero recuerda algunos años atrás una tarde muy parecida, cuando en un tren igual de destartalado, y con un billete pagado por el estado, le conducía hacia una nueva forma de vida: la mili.

Era la primera vez que abandonaba su pueblo; aquellas cuatro casas perdidas en medio de ninguna parte, donde el futuro era sobrevivir al calor del verano y a las heladas invernales. Y la diversión, intentar extraer algo de provecho de aquellas enormes estepas yermas. Era la primera vez y la última; pues no pensaba regresar jamás.

El cambio del monótono traqueteo de la marcha le despertó de sus ensoñaciones y recuerdos. Y con un inaudible “coño” se lamentó de haber fracasado en sus planes.

El cambio de ritmo marcaba el final de aquel viaje. La repentina muerte de sus padres en un accidente de tráfico le había obligado a regresar. Ya habían pasado más de tres meses de aquel fatal accidente. El tiempo que había tardado el abogado en encontrar su paradero.

La casa familiar parecía más destartalada y casi ruinosa desde aquella última vez que la contempló. Al recordaba más blanca, con un parral en la puerta y flores en los balcones y ventanas. Al entrar se dio cuenta que en el interior el tiempo se había detenido, y todo estaba igual que el día que él se marchó: los mismos esconchones en las encaladas paredes, el mismo aroma a ropa recién lavada y a pan recién cocinado.

¿Eso era así, o quizás su imaginación y recuerdos le hacían imaginarlo?

No quería quedarse a dormir allí, pero no tenía más remedio. En un pueblo como aquel, cuatro casas mal contadas, no había ni hostal ni fonda.

Al llegar la hora se dirigió a su antigua habitación como un autómata. La cama estaba preparada. Se despojo de su ropa y se tumbó sobre la cama, al hacerlo, poco a poco, se fue hundiendo en el confortable colchón de lana.

A pesar del cansancio, no fue capaz de conciliar el sueño, quizás recordando los años vividos entre aquellas cuatro inmaculadas paredes que fueron su hogar, su “cárcel”.

En el duermevela de la madrugada empezó a imaginarse, y a sentir a las criaturas que tienen la noche como vida. Y un rumor de ruidos le fue golpeando como un bombo sus tímpanos.

Cada vez que se removía en la cama, los muelles del somier y la madera del cabecero crujían con un chirrido estridente.

La angustia ante el nítido zumbido del diminuto mosquito, que presagiaba una picadura, era insoportable. No recordaba nada tan inhumano en sus últimos años. Poco a poco y ante el zumbido, fue tapándose con la sábana, a pesar del calor, casi bochorno que hacía en la habitación.

Tras unos breves segundos de silencio sepulcral, el ruido de un mordisqueo le sobresaltó, el estruendo de la carcoma en el viejo armario ropero llenaba la habitación, retumbando en sus débiles y sensibles oídos.

A éste, y en un nivel superior de decibelios, se unieron los pasitos y carreras en el techo sobre su cabeza. Las ratas del doblao parecían haberse reunido en asamblea para comentar la inesperada intromisión en sus dominios, que venía a turbar sus libres correrías por las habitaciones de la casa.

Esto no lo pudo soportar. Y, furioso, se levantó de la cama de un salto, se calzó sus zapatillas, y cogiendo una manta salió al patio. Recordaba vagamente haber visto una mercedora cuando recorrió todo la casa aquella tarde. Allí –pensó- estaría más fresco y no le molestarían esos ruidos de la vida nocturna de la casa deshabitada.

Se sentó en la mercedora, y contemplando la noche estrellada le inundó un deseo de quedarse, de abandonar su vida de ciudad y volver a su hogar.

La noche le envolvió con suave susurro de silencio, solo roto por el canto del búho o la lechuza (no sabía diferenciarlos) que habitaba en el cercano campanario de la iglesia, y por el rumor que la brisa traía del roce de las ramas de los sauces y robles que crecían en la orilla del riachuelo.

¡Qué música más armoniosa tiene la noche! – Pensó- para soltar al momento un inaudible taco, cuando el ruido ensordecedor de la campana del reloj del ayuntamiento anunció que eran las cuatro de la mañana.

NARCISO

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Todo estaba dispuesto para la fiesta. Me encontraba en la mejor forma posible, arreglado, desprendiendo un agradable aroma y con unas ganas locas por demostrar que era el mejor, el más elegante y atractivo.

Al entrar en la sala todas las miradas, una tras otra, se dirigieron hacia mí. Había triunfado. Unos comentaban mi hermoso aspecto; el suave tacto de mi piel tras las pasadas vacaciones; la perfecta combinación de mi modelo. Todos me alababan. Habían hecho un buen trabajo conmigo.

Tras las agotadoras horas de la fiesta, de mi triunfo, vendría lo mejor: el baño matutino. Con él desaparecerían los últimos efluvios que me impregnaban, efluvios a sudor, tabaco y del ambiente cargado de la sala de fiestas que se habían adherido a mi cuerpo como una lapa.

El baño era el momento más apreciado, el más deseado. Ya que introducirse en aquel agua rebosante de espuma, y de productos para mantenerme limpio y saludable, era como sentirse nuevo, recuperar el aspecto juvenil y saludable de mi primer día de vida en la calle, en la ciudad.

Después del tonificante baño, a su vez relajante y refrescante como necesario e imprescindible, llegaba otro momento de los más agradables, el secado. Mi predilección era secarme al aire; mostrarme tal como era a la brisa de la tarde, o del amanecer, en la terraza de la casa. Contemplar el verde paisaje del bosque circundante, roto por el ocre de las montañas cercanas, me hacía perder la noción del tiempo, y bastantes veces me perdí alguna reunión importante, o alguna cita de amor por admirar, desnudo desde la terraza, las hermosas vistas que me ofrecía el paisaje que me rodeaba.

Tras el secado, llegaba uno de los momentos más odiado, aunque sabía que era a la vez el más necesario para que en la próxima cita, Ana me mirara con ojos de pasión y deseo. Pero a pesar de haberlo sufrido ya varias veces, todavía no me había acostumbrado al calor húmedo de la plancha de vapor. Pues un polo como yo, sufre mucho y no nos agrada nada el calor, temo que me quemen.

VIERNES

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VIERNES

Un Viernes más. La noche de la alegría y la fiesta ha llegado otra vez. Pero…¿esto es fiesta? ¿Es alegría? La última semana, por decir alguna y marcar un momento en la línea del Tiempo, fue como la mayoría de las anteriores. Llegó el Fin de semana y salgo con los “amigos” (quizás sean simplemente compañeros de copas), y poco a poco, “estación tras estación”, garito tras garito vamos tomando copas.

Primero comenzamos con unas cañas; después, a veces sin pasar por casa; subimos un escalón más, y tomamos al más fuerte. Quizás algún licor, o tal vez, alguno más “hombre”, pasa directamente a los combinados, a los cubatas. Y así hora tras hora, día tras día, un fin de semana sí y otro también, … hasta que en las últimas horas del Domingo, ya sin conciencia de ser uno mismo. Regresas a casa, o quizás te llevan.

Al día siguiente, tras la marcha de la luna y cuando el sol ha salido por el horizonte, o tal vez … cuando ya se encuentra en su máximo esplendor. Te levantas, nos levantamos y vamos a “trabajar” unos; a clase otros y … han transcurrido cuarenta y ocho horas de nuestra vida, y nosotros sin enterarnos, sin haber vivido esos momentos, esas horas que no se volverán a repetir.

La euforia, la alegría del fin de semana en que ha quedado. Quizás en un inmenso dolor de cabeza, o tal vez en un “mal cuerpo”, en no poder hacer nada durante toda la jornada, ya que te sientes tan cansado que no te apetece ni respirar.

Pero ese primer beso robado a esa chica que tanto te gusta; esa sonrisa infantil y el brillo de sus ojos al mirarte, ¿dónde han ido a parar? …¿Recuerdas, acaso, el verde esmeralda de su mirada; o la suavidad de su sedosa melena morena; o el sabor meloso de sus labios; o …?


Quizás, ni recuerdes su nombre… pero así es tu vida ¿no?

Así te gusta vivirla… ¿Cómo vivirla? Así pretendes pasar tu existencia, sin darte cuenta de nada, sin saber, ni recordar los momentos más interesantes, los auténticos recuerdos que hay que ir atesorando en nuestra memoria. Recuerdos que van marcando nuestra existencia.

Ya todo ha pasado. De nuevo eres consciente de tus actos, de tus recuerdos, de ti. Pero ¿dónde has estado? ; ¿en qué mundo has pasado estas últimas horas? Tal vez si abandonas el alcohol, si dejas de tomar copa tras copa, quizás en ese momento recordarás dónde has pasado tantas horas, donde has estado en esos momentos de “lucidez etílica” y así comprenderás por qué el alcohol no sirve, no es la panacea, la solución a todos los males y problemas que puedes tener, además de no ser la única forma de diversión que existe en esta vida. Ya que para vivir maravillosas aventuras no es necesario, tu imaginación te puede llevar.

La vida es algo más que el alcohol. La vida es algo más que CH3 –CH2 -OH con otro liquido combinado. Y tú que eres joven y estás lleno de ideas maravillosas, quizás tengas alguna, por no decir cientos, para VIVIR tus ratos de ocio sin tener que depender de la copa para divertirte.



FIRMIN de SAM SAVAGE

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Nacido en el sótano de una librería en el Boston de los años 60, Firmin aprende a leer devorando las páginas de un libro. Pero una rata culta es una rata solitaria. Marginada por su familia, busca la amistad de su héroe, el librero, y de un escritor fracasado. A medida que Firmin perfecciona un hambre insaciable por los libros, su emoción y sus miedos se vuelven humanos. Original, brillante y llena de alegorías, Firmin derrocha humor y tristeza, encanto y añoranza por un mundo que entiende el poder redentor de la literatura, un mundo que se desvanece dejando atrás una rata con un alma creativa, una amistad excepcional y una librería desordenada. Firmin ha sido un acontecimiento en mi vida de lectora, uno de esos raros encuentros con un personaje inolvidable. Original, chispeante y profundamente conmovedora, esta aguda fábula sobre la condición humana es un disparo al corazón. Rosa Montero Firmin no es un ratoncito humano, sino un ser humano en un cuerpo de rata. Esto lo hace áspero, patético, incómodo, sin la menor concesión al infantilismo y auténticamente poético.

Firmin es una rata de biblioteca, mejor dicho, una rata de librería. Un animal que se sueña mejor así mismo, y que encuentra en los libros la mejor de las gasolinas para el motor de su imaginación. Firmin es amante de la música y fan declarado de Fred Astaire y Ginger Rogers. La primera relación de Firmin con los libros es más bien prosaica. Debido a su inferioridad física en relación con sus hermanos, debe buscar desde muy pronto el modo de alimentarse lejos de la teta materna, para lo que recurre al papel de los libros a la venta en la librería en la que vive con su familia. Pronto descubre que cada libro encierra un sabor distinto, y enseguida da un paso más, aprendiendo que los libros alimentan mucho más leídos que masticados.

De él ha dicho Eduardo Mendoza que es “Un libro escrito para lectores, es decir, para gente que siente pasión por los libros y para quienes los libros son tan reales como cualquier otra cosa de la vida. Más reales, quizá”.

La verdad es que se trata de un buen libro, y así que agradezco que me lo recomendaran, que tiene algunos muy buenos capítulos, pero tengo un pero: hay muchos altibajos narrativos. Aunque no puedes remediar el encariñarte de esta rata tan poco corriente. Y mucha culpa de esto la tiene Sam Savage , y su forma de narrarnos la novela, todo mediante las palabras y pensamientos de Firmin , y de sus continuos "diálogos" con los lectores. Sea como fuere, lo cierto es que es una de esas joyas con las que de vez en cuando nos sorprende el mundo de la Literatura y con la que gozas leyendo desde la primera a la última palabra. Firmin nos hace ver la vida desde otro punto de vista, desde el punto de vista de una rata desdichada. Es un libro muy divertido. El dibujo de la portada vale por medio libro. Los dos (el dibujo y el libro), son enternecedores, melancólicos y con dosis de humor que, por no conseguir despejar la melancolía, resultan algo amargos.

Esta novela podría llamarse “el libro de los miles de libros”: El libro que Firmin escribe en su mente, todos aquéllos que va leyendo durante su vida, los que vende el librero en cuya tienda se aloja y los que escribe su amigo, un escritor excéntrico y amable, un poco borrachuzo y absolutamente genial.

En fin, como dice la solapa del libro que esta novela está llamada a convertirse en un símbolo del amor por la lectura, aunque tal vez «Firmin» no deje de ser otra curiosa fábula sobre la condición humana, otra dosis de existencialismo literario. O sea: bastante recomendable. Se lo recomiendo a todo el que quiera leer algo diferente, se trata de una atípica novela sobre la fascinación de la lectura y sus consecuencias más o menos existenciales. Como digo, “Firmin” es un monumento a la lectura, a su capacidad para hacernos más libres y mejores. Si tienen oportunidad, no dejen de conocer a este tipo. Estoy seguro de que les gustará.

EL ENIGMA DE PARIS

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EL ENIGMA DE PARIS. de Pablo de Santis
Una original novela de detectives que entrelaza con pericia el marco histórico, el suspense y el juego psicológico y literario
Los Doce Detectives, el grupo de investigadores más famosos del mundo, se reúnen en París durante la Exposición Universal de 1889. Es la primera vez que están todos juntos, o casi todos, porque Craig, el detective argentino fundador del grupo, no ha podido asistir a la reunión. Una extraña enfermedad le aqueja. En su lugar, Craig envía a Sigmundo Salvatrio, el único estudiante que ha seguido junto a su maestro tras la tragedia que deshizo la academia creada por Craig. Salvatrio tiene una misión muy especial. Contar a Arzaky, el detective polaco afincado en París, la verdad del último caso de Craig, una verdad que solo este último y Salvatrio conocen.
En la Exposición de París, los Doce representarán el Arte de la Deducción entre las demás artes y ciencias de la muestra. Pero Salvatrio no encaja en el grupo. Su papel no está definido. No es ayudante de ninguno de los detectives presentes, papel fundamental pero en la sombra, y tampoco puede ser considerado detective. Asiste mudo, como es preceptivo en los ayudantes, a las reuniones de los Doce en las que, como en un Decamerón del misterio, los detectives relatarán sus casos más notorios y discutirán sus diferentes opiniones y métodos sobre el significado y la resolución de los enigmas.
Para unos, como Castelvetia, el detective holandés, el enigma es un rompecabezas, para otros, como el japonés Sakawa, es una página en blanco: el enigma no existe, es el propio observador el que lo crea. Estas reuniones irán mostrando las diferencias y rivalidades entre los miembros de los Doce, que Salvatrio analiza desde su perspectiva neutral y silenciosa.
Pero muy pronto, sin embargo, unas circunstancias imprevistas harán que Salvatrio deje su lugar de observador y se convierta en el segundo de Arzaky. Louis Darbon, el otro detective de París, siempre en pugna con Arzaky por el liderazgo en la ciudad, cae desde la segunda plataforma de la torre que Eiffel construye para la Exposición. Una primera muerte que no será la última.
Todos en el París de 1889 odian o adoran a la torre. Eiffel ha recibido multitud de anónimos y se han producido varios atentados menores. Las sectas esotéricas, abundantes en la época, son las principales sospechosas y Darbon había sido encargado de investigarlas. Será en esta dirección, por tanto, hacia donde se dirijan primero Arzaky y Salvatrio para descubrir al asesino de Darbon. Sin embargo Arzaky no parece muy dispuesto a confiar en su ayudante y este terminará por investigar por su cuenta.
A partir de aquí, Salvatrio irá conociendo con una serie de personajes a cual más excéntrico, que, poco a poco, le ofrecerán las claves del enigma. Desde Greta Ruvanova, la misteriosa ayudante del detective holandés, que trabaja en la sombra porque las mujeres tienen prohibida la entrada en el grupo; Paloma, La Sirena, bailarina de origen español y polaco que se sumerge desnuda en una piscina de agua helada, o Grialet, fundador de una célula rosacruz, que vive en una casa de paredes cubiertas de miles de citas literarias y filosóficas. Todos ellos serán parte del enigma y entre todos le mostrarán a Salvatrio la verdad que nadie ha sido capaz de descubrir.


Estamos, pues, ante un relato que asume todas las convenciones y tópicos propios de la novela policial clásica, pero que lo hace de una manera posmoderna: con guiños al lector informado y con una actitud narrativa entre irónica y lúdica. La única libertad que se toma el autor –y es sin lugar a dudas su mayor acierto– es hacer del protagonista, el argentino Segismundo Salvatrio, un aprendiz de detective al que sus mayores van revelando las grandezas y miserias del oficio. Salvatrio, un adolescente al inicio del relato, termina ocupando el lugar de su maestro. Esta novela es un homenaje a los grandes maestros del género: Poe, Stevenson, Conan Doyle, Chesterton y nuestro Jorge L. Borges entre otros. De Santis es prácticamente implacable aplicando la fórmula básica de lo policial: estructura cerrada, enigma, final sorpresivo, trama entretenida y sin huecos.

De Santis, va más allá de la estructura tradicional del género respetándola. Rompe en forma mínima el sistema de posiciones impuestas, desautomatiza ; esta vez, el alumno superará al maestro. El detective es el héroe de la modernidad. La función básica de este tipo de relatos es entretener, distraer e intrigar al lector, despertar su curiosidad y probar su lucidez. Un rompecabezas por armar donde el lector también participa. El libro parece una obra dedicada a los adolescentes que tampoco es un crimen, tiene un corte infantil y no un corte adulto, está adornado con personajes que parecen salidos de dibujos animados como un indio, un pistolero, una sirena y personajes parecidos.


La escritura, en una prosa concientemente parca y con un lenguaje eficaz, se detiene a observar cosas que después no tienen mucha importancia, presenta asuntos como sensacionales pero la trama se mantiene lenta, no es un libro que resulte audaz en absoluto en sentido de buscar casos espectaculares por resolver. No es pésimo porque la lectura es ágil, tiene sus momentos y esta bien redactado, por algo ganó un premio, y hay intención de sorprender con los casos sin embargo no sucede, pero personalmente no me gustó demasiado.

El enigma, o los enigmas, lo narra el joven ayudante de uno de los detectives desde una perspectiva limitada, siempre al mismo nivel de conocimiento de los hechos que el lector. Esta implicación del destinatario en la trama supone un gancho que asegura el suspense y el interés, e implica un mérito básico de la obra, ser un relato que mantiene viva la atención, y asegura esa cualidad básica del género, el entretenimiento. A este recurso se suman otras meditadas trampas de la mejor ley. Una consiste en concebir la trama como novela de novelas y fabricar una muñeca rusa con un rosario de casos que con frecuencia detienen la línea principal para interpolar curiosos sucesos criminales. Otro ardid viene del empleo desinhibido de variedades de la literatura popular: historias góticas, esotéricas. Entremezclado con esta materia cruda y efectista figura un componente libresco y culturalista muy intenso.

La historia está narrada a distancia, años después de que transcurre la acción, cuando el narrador es en realidad un detective ya consolidado. Así, hay momentos del relato en los que se cuela la voz del otro, la del viejo. La ambigüedad de la voz narrativa no parece intencional y resulta incómoda, porque el cambio no es ni paulatino ni siempre consiente.

Este equilibrio entre la amenidad y el alcance intencional se logra también por la gracia de otros recursos. La carga especulativa se supedita a un componente emocional muy fuerte, y, en realidad, esta novela negra disimula una hermosa historia de amor. Las rutinas del género se someten a una sutil manipulación por medio de otro componente básico, lo fantástico.. El enigma de París tiene un final abierto. El fracaso de la sociedad detectivesca sugiere una elegía de tiempos pasados que acentúa la evocación de los sucesos cargada de melancolía. Pero no estoy seguro de que éste sea el mensaje, porque también es una obra muy estimulante respecto de su significado: creo que deja en manos del lector el que éste dé a la historia su personal sentido.

El enigma de París es un rompecabezas perfecto.